No recuerda que sucedió esa noche en la mitad de la niebla ,cuando
se perdió.
Nunca tuvo tantas
ganas de llorar, nunca pensó que su alma pudiese sentir más dolor que aquel que
estaba sintiendo.
No ve nada entre la niebla mientras sus pies se abren paso a las pequeñas piedras que hacen
tropezar sus extremidades, tiene miedo y angustia.
El frio va calando
sus huesos y su nariz se va llenando de humedades que no entiende, lo hiso otra
vez.
Quiere gritar la
ultima pena, no quiere más, no más. Se ha construido tantas veces y esta vez
está en el suelo esperando que la niebla se disipe para poder abrirse paso nuevamente,
para recoger los pedazos que le quedan, para
levantarlos sobre otra base de
dolor y pánico.
De agresiva alegría,
de un dolor feliz.
No quiere seguir. El
cabello le molesta en los ojos mojados, llenos de una cosa viscosa que
resbala sobre su rostro cansado
de tanto. Tantear.
La niebla no se marcha, sigue congelándole las manos que ya
no pueden ni moverse, las pequeñas rocas derribaron su cuerpo que está sentado
en el suelo húmedo y poroso.
No va, no quiere seguir.
El agua de la noche moja todo a su paso y en ese pequeño paso se detuvo a
mojarle su vientre, se va.
No sigue. Se va al
lado amable del frio, al lado amable del dolor ahí donde se encuentran las
casas de cartón, en los sueños de desiertos.
No. No sabrán de su recuerdo pues nunca lo recordó.
