miércoles, 1 de agosto de 2012

Memoria


No recuerda que sucedió esa noche en la mitad de la niebla ,cuando se perdió.
 Nunca tuvo tantas ganas de llorar, nunca pensó que su alma pudiese sentir más dolor que aquel que estaba sintiendo.
No ve nada entre la niebla mientras sus pies  se abren paso a las pequeñas piedras que hacen tropezar sus extremidades, tiene miedo y angustia.
 El frio va calando sus huesos y su nariz se va llenando de humedades que no entiende, lo hiso otra vez.
 Quiere gritar la ultima pena, no quiere más, no más. Se ha construido tantas veces y esta vez está en el suelo esperando que la niebla se disipe para poder abrirse paso nuevamente, para recoger los pedazos que le quedan, para  levantarlos  sobre otra base de dolor y pánico.
 De agresiva alegría, de un dolor  feliz.

 No quiere seguir. El cabello le molesta en los ojos mojados, llenos de una cosa  viscosa que   resbala sobre su rostro cansado de tanto. Tantear.

La niebla no se marcha, sigue congelándole las manos que ya no pueden ni moverse, las pequeñas rocas derribaron su cuerpo que está sentado en el suelo húmedo y poroso.
 No va, no quiere seguir. El agua de la noche moja todo a su paso y en ese pequeño paso se detuvo a mojarle su vientre, se va.
 No sigue. Se va al lado amable del frio, al lado amable del dolor ahí donde se encuentran las casas de cartón, en  los sueños de desiertos.
No. No sabrán de su recuerdo pues nunca lo recordó.